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  Lo que no sabías de los Treinta y Tres Orientales
 
 
La amplia mayoría de los uruguayos retiene en su memoria un concepto escolar de la Cruzada Libertadora de 1825. Aquí van algunos datos curiosos o raros de la gesta
 

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 No se sabe a ciencia cierta cuántos eran los 33 orientales. Según una investigación de Jacinto Carranza durante la década de 1940, existen 16 listas diferentes de nombres y en total se menciona a 59 personas.  
 
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La organización de la cruzada comenzó mucho antes de 1825. Ya en 1823 un grupo de orientales en Buenos Aires se reunía de forma secreta para planear el cruce y la revuelta contra los brasileños.
 
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En 1823, el empresario de saladeros Pedro Trápani, asesor y amigo de Juan Antonio Lavalleja, gestionó un préstamo de 100.000 pesos fuertes para la cruzada.
 
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También en 1823, Ana Monterroso, esposa de Lavalleja, llegó a Montevideo desde Buenos Aires con espías para organizar la revolución luego de la cruzada.
 
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Si los “cruzados” no fueron 33, tampoco fueron todos orientales. Según el historiador Aníbal Barrios Pintos, hubo cuatro argentinos, cuatro paraguayos y uno nacido en Mozambique. Se trataba de Joaquín Artigas, liberto que era criado del cruzado Pantaleón Artigas, sobrino del prócer. El cordobés Simón del Pino fue el único de los cruzados que estampó su firma en el acta de la Declaratoria de la Independencia.
 
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Luis Ceferino de la Torre fue quien confeccionó las banderas que portaron los cruzados el 19 de abril en el desembarco. El pintor suizo Jean Philippe Goulou fue quien pintó la inscripción “Libertad o Muerte” en la ropería de Luis Latorre, y una mujer de la sastrería Pérez y Villanueva de Buenos Aires fue quien bordó las letras. Pudo estar inspirada en la frase: “Independencia o muerte”, del Grito de Ipiranga. Latorre la donó luego al Museo Nacional, de donde la robó en 1969 el grupo anarquista OPR33.
 
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No hay una certeza de cuántos lanchones (o gánguiles o chalanas) participaron en el cruce. Pudieron ser dos, tres o más, según las diferentes versiones.
 
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Los cruzados se embarcaron en dos grupos que salieron desde la costa en San Isidro. El primer grupo partió el 1° de abril e hizo alto en las islas del delta del Paraná a la espera del segundo grupo. Allí se sumaron los paraguayos Felipe Patiño -alias “Carapé”- Pedro Areguatí y los hermanos Romero. 
 
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La idea original era desembarcar el 12 de abril, pero una fuerte tormenta retrasó el segundo lanchón.
 
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El oriental Tomás Gómez los esperaba con caballos, pero al no llegar los cruzados y ante las sospechas de los brasileños debió huir y abandonar la caballada.
 
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El 17 de abril se encontraron los dos grupos en la llamada isla de la Paciencia. Ese mismo día, tres orientales llegaron a la costa y se entrevistaron con un carbonero austríaco, Albarchán, que les dijo que los hermanos Ruiz tenían sus caballos prontos. 
 
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El 18 de abril los hermanos Ruiz prendieron una fogata para avisar que el río estaba despejado. Esa era la señal para navegar. En su diario, Juan Spikerman anotó que pasaron tan cerca de una lancha brasileña que vieron sus faroles. Los cruzados desembarcaron el 19 de abril. No se sabe si fue de mañana o a la hora 23, en plena noche. Las crónicas difieren de forma tan extrema.
 
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El 25 de agosto de 1825 se firmó en Florida la Declaratoria de la Independencia de la Provincia Oriental y el 12 de octubre los orientales vencieron a los brasileños en Sarandí.
 
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En 1828 Lavalleja confeccionó una lista de los cruzados, que Manuel Oribe corrigió en 1830 con motivo del cobro de las pensiones para quienes participaron en 1825.
 
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En octubre de 1831, el argentino Tiburcio Gómez reclamó que él también había sido uno de los 33. Como se creía que había muerto, no estuvo en la lista de 1830. En su lugar se había incluido a Basilio Araujo. En 1832, Lavalleja reconoció que Gómez sí había estado y cobró la pensión. No obstante, luego se le suspendió el pago porque adhirió a la revolución de Lavalleja contra el presidente Fructuoso Rivera. 
 
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José Leguisamón, alias “Palomo”, se había unido a los 33 en el Paraná. Como murió en la batalla de Ituzaingó en 1827, no recibió reconocimiento alguno.
 
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Muchos de los cruzados habían participado de la revolución oriental junto a José Artigas. La mayoría acompañó a Lavalleja en su puja contra Rivera. La mayoría, salvo excepciones, luego se hicieron blancos, con Oribe. 
 
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Santiago Gadea es una de las excepciones. Apoyó al presidente Rivera y luchó contra Lavalleja, su antiguo jefe, durante las revoluciones del primer gobierno de aquel.
 
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Varios de los cruzados orientales nacieron en Las Piedras o alrededores: Manuel Meléndez, Ramón Ortiz, Juan Rosas, Andrés Cheveste, Atanasio Sierra.
 
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Manuel Meléndez murió de tifus y su pensión como cruzado la cobró su madre, que gestionó este trámite.
 
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Cuando Sierra murió en 1862, la bandera de los 33 que se había utilizado en la Agraciada cubrió su féretro.
 
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El cruzado Juan Acosta quedó ciego y mendigaba de la mano de un niño por Montevideo. Se lo nombró teniente para que cobrara la pensión. 
 
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Avelino Miranda fue herido en 1827 y quedó inválido, pero se hizo soldado de Rivera. Cobró su pensión. Lo asesinaron dos hermanos, uno de ellos cuñado de una mujer a la que Miranda quiso violar. Matías Álvarez murió en una riña a finales de 1825 y su viuda nunca cobró la pensión.
 
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Por tener abierta una causa criminal, a Andrés Spikerman, hijo de un carpintero holandés y hermano del cruzado Juan, se lo excluyó del premio. Lo desterraron en 1832 y fue soldado de Oribe.
 
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El cruzado Tiburcio Gómez murió en 1882, con 102 años, “entre la indiferencia del gobierno y del pueblo”, según anotó Carlos María Ramírez. La familia no pudo comprarle un ataúd. El cruzado Gregorio Sanabria, que peleó con valor en Sarandí, en 1829 se había declarado como “indigente”. 
 
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En 1831, el cruzado Felipe “Carapé” (apodo que en guaraní significa “enano”) era leñador sobre el río Uruguay. Lo acusaron de matar un soldado en una pulpería. Su defensor fue Carlos Villademoros, autor de una obra de teatro en verso sobre los 33. Carapé estuvo un año preso. Murió en 1835.
 
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Dionisio Oribe era uno de los dos negros que participaron en la Cruzada Libertadora. Era criado de Manuel Oribe. Gestionó su pensión y cobró el premio. Acompañó a su patrón durante toda la Guerra Grande y murió en la Unión en 1857, el mismo año que Oribe.
 
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El pintor Juan Manuel Blanes no fue el primer artista que retrató el desembarco en la playa de la Agraciada. Este honor le correspondió a la pintora Josefa Palacios, apodada como “Pepita” y oriunda de Colonia. Palacios pintó a los 33 orientales en 1854. El cuadro está en el Museo Histórico Nacional, ubicado en la Ciudad Vieja.
Unos 24 años antes de que Blanes pintara su cuadro, en 1854, una pintora, Josefa Palacios, representó de manera diferente el mismo desembarco. Pintó a los Treinta y Tres en un lugar oscuro, lleno de arbustos y maleza, un paisaje más parecido a nuestro monte criollo. Una versión seguramente más cercana a la realidad, ya que los expedicionarios usarían la oscuridad de la noche para eludir la vigilancia luso-brasileña.En cuanto a los uniformes, lucían sucios y rotos y no inmaculados como en el célebre cuadro de Blanes. Y en lo que se refiere al estado de ánimo, uno de los protagonistas, Atanasio Sierra, dice que ''desde las 11 de la noche del día 19, hasta las 9 de la mañana del 20, nuestra ansiedad fue extrema. Continuamente salíamos a la orilla del monte y aplicábamos el oído a la tierra por ver si sentíamos el trote de los caballos que esperábamos''. En aquellos tiempos, disponer de una buena caballada, era algo que aseguraba el éxito de una empresa, y este debió ser en aquellas horas el principal motivo de preocupación.
Blanes pintó su emblemático y gigantesco cuadro en 1878. Para documentarse viajó hasta la Agraciada y llevó a Montevideo arena de la playa para acentuar el realismo. Cuando se inauguró la obra, Blanes enfrascó la arena y la vendía como souvenir al público, que la adquirió con avidez. Desde el punto de vista histórico propiamente dicho, Blanes no representó allí los acontecimientos del día 19 de abril, sino del 20. Porque el desembarco del día 19 se produjo a las 11 de la noche, y no a plena luz del día.
 

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Hasta 1855 la plaza ubicada actualmente entre 18 de Julio, Colonia, Minas y Magallanes se llamó plaza Artola. Al año siguiente, se decretó que se la bautizara como plaza de los Treinta y Tres Orientales. Tiene una estatua ecuestre de Lavalleja. A metros de allí está la doble estatua del filósofo Carlos Vaz Ferreira y el físico Albert Einstein, quienes se juntaron a conversar en esa plaza en abril de 1925, a un siglo exacto del desembarco.
 
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En 1952 el cineasta Miguel Ángel Melino filmó una película sobre la gesta de 1825. El filme se llama El desembarco de los Treinta y Tres Orientales, dura unos 50 minutos y está disponible en YouTube.
 
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Como parte de los festejos de los 150 años de la Agraciada, en 1975 el historiador Aníbal Barrios Pintos investigó la vida de cada uno de los cruzados en un libro que publicó Banda Oriental.
 
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Hoy se pueden encontrar los nombres de los cruzados de 1825 en el nomenclátor de las ciudades uruguayas. Todos, incluso los polémicos, tienen una calle que los recuerda. 
 
33
El número 33 es considerado como una cifra perfecta por la masonería internacional. Como muchos de los orientales pertenecían a la logia, decidieron que el grupo tuviera esa cantidad de forma simbólica.


 
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